De niños salimos a la calle con miedo de encontrarnos algún demonio que nos agarre por sorpresa. Idealizamos que son seres 100% malignos que disfrutan hacer sufrir a los demás. La verdad es que el mal es muy sutil y refinado. Solo inyecta un poco en cada ser. Entonces te encuentras con gente muy linda que en un segundo te causan dolor sin ningún esfuerzo. Que aterrador, todos son enemigos, no se puede confiar en nadie. La belleza del bien es que ofrece cosas a los demás sin esperar nada a cambio y sabe muy bien que ésas personas con las que interactúa pueden lastimarla. No le importa, es feliz dando a voluntad y sabiendo que seguramente le hará daño a alguien sin quererlo.